
La sequía no afecta igual a todos los bosques, incluso cuando reciben una cantidad de lluvia parecida y están sometidos a condiciones climáticas similares. Un estudio publicado en Nature Communications señala un factor que suele pasar mucho más desapercibido: el tipo de roca que existe bajo el suelo.
Los investigadores analizaron bosques kársticos y no kársticos del suroeste de China y encontraron que la litología del sustrato rocoso puede modificar profundamente la forma en que árboles de distintas edades y tamaños responden a la sequía. En los bosques kársticos, los árboles jóvenes y pequeños resultaron especialmente vulnerables a las sequías prolongadas, mientras que en los bosques no kársticos apareció el patrón contrario.
El resultado ayuda a explicar por qué dos bosques aparentemente sometidos al mismo estrés climático pueden terminar mostrando daños muy diferentes. La clave no está solo en cuánto llueve, sino también en dónde se almacena el agua después de entrar en el suelo y hasta qué profundidad pueden alcanzarla las raíces.
La roca bajo el bosque también controla el agua disponible
La litología describe la naturaleza y las características de las rocas que forman un terreno. En los paisajes kársticos estudiados predominan rocas carbonatadas, como calizas y dolomías, que se disuelven con relativa facilidad y desarrollan grietas, cavidades y sistemas de drenaje muy particulares.
Esto puede provocar que el agua se infiltre rápidamente hacia capas profundas, dejando suelos poco profundos y una menor capacidad de almacenar humedad cerca de la superficie. En una sequía corta, esa diferencia puede pasar relativamente desapercibida, pero si la sequía se prolonga, el agua accesible para las raíces superficiales puede agotarse con rapidez.
Para cuantificar este efecto, el equipo utilizó una medida denominada «regolith water loss rate» o RWLR, que funciona como indicador de la velocidad a la que se pierde la humedad próxima a la superficie cuando deja de llover. También combinaron esos datos con anillos de crecimiento, medidas isotópicas y observaciones de mortalidad.
El estudio reunió registros de 849 árboles distribuidos en 40 emplazamientos y utilizó más de 1.700 series de anillos de crecimiento para reconstruir cómo habían respondido los árboles a distintas sequías durante décadas. Esto permitió comparar bosques con climas relativamente similares pero asentados sobre sustratos geológicos diferentes.
La relación entre roca, suelo y vegetación conecta directamente con un aspecto que a menudo se simplifica demasiado. La formación y degradación de los suelos está condicionada en parte por la roca madre, pero este estudio muestra que el sustrato también puede influir en algo tan decisivo como la disponibilidad de agua durante una sequía extrema.

En los bosques kársticos, los árboles jóvenes sufrieron más
Uno de los resultados más llamativos fue una inversión del patrón de vulnerabilidad según la litología. En los bosques no kársticos, los árboles más jóvenes y pequeños mostraron, en general, mayor resistencia y una recuperación más rápida que los ejemplares grandes y viejos; mientras que en los bosques kársticos sucedió lo contrario. Allí, los individuos jóvenes y pequeños tuvieron menor resistencia, una recuperación más lenta y una mayor vulnerabilidad durante las sequías prolongadas. Asimismo, las observaciones de mortalidad siguieron el mismo patrón: en los emplazamientos kársticos las muertes se concentraron sobre todo en individuos pequeños y jóvenes.
La explicación propuesta por los autores está relacionada con el acceso al agua. Los árboles jóvenes suelen tener sistemas radiculares menos profundos y pueden depender en mayor medida de la humedad almacenada cerca de la superficie. Si el agua drena rápidamente a través de grietas y fracturas de la roca, esa reserva desaparece antes. Los árboles más grandes y antiguos, en cambio, pueden disponer de raíces capaces de acceder a humedad almacenada a mayor profundidad en el regolito o en fracturas del propio lecho rocoso. Esa diferencia podría darles una ventaja inesperada precisamente en terrenos donde el agua superficial se pierde con rapidez.
El estudio encontró, además, que los bosques kársticos sufrían descensos de crecimiento más fuertes durante las sequías extremas y tardaban normalmente entre tres y cuatro años en recuperar el crecimiento previo, frente a unos dos años en los bosques no kársticos.
Dos bosques con la misma sequía pueden responder de forma muy distinta
La geología no es el único factor que determina qué árboles sobreviven. La aridez, la intensidad de la sequía, las características hidráulicas de cada especie, la altura del árbol, la densidad del bosque y las propiedades del suelo, siguen siendo importantes.
Sin embargo, en este estudio, la litología apareció como un condicionante estructural muy relevante dentro de estos paisajes. En algunos análisis, la velocidad de pérdida de agua asociada al sustrato rocoso fue incluso uno de los mejores predictores de la recuperación posterior a la sequía.

Este resultado tiene implicaciones para la gestión forestal frente al cambio climático. Si las sequías prolongadas se vuelven más frecuentes o intensas, evaluar la vulnerabilidad de un bosque únicamente mediante lluvia, temperatura o especie dominante puede dejar fuera una parte importante de la historia.
Además, también puede influir en la regeneración. Si los árboles jóvenes son los más afectados en determinados terrenos kársticos, sucesivas sequías podrían dificultar el reemplazo de los ejemplares adultos y ralentizar la recuperación de la biomasa forestal.
La conclusión es poco intuitiva pero importante: un bosque no termina en la superficie del suelo. La roca que existe varios metros por debajo puede determinar cómo se mueve y almacena el agua, qué raíces pueden alcanzarla y, en consecuencia, qué árboles tienen más posibilidades de superar una sequía prolongada.